MAESTRO DEL BALÓN Y DE LA VIDA
Cuando estaba cerca de probarse como arquero en el fútbol profesional, una lesión inoportuna y la falta de juicio lo desviaron del camino. Hoy Germín Silgado es un formador –en todos los sentidos de la palabra– de las promesas futbolísticas del barrio.
Nació en Marialabaja hace cuarenta años, pero su familia fue víctima del desplazamiento y la violencia. Como otros vecinos del barrio, conoció desde muy temprano los horrores del conflicto. A los doce años vino a vivir en distintos barrios de Cartagena, comenzando por Olaya Herrera, donde terminó de crecer mientras perseguía el sueño de ser futbolista.
Hizo parte de la escuela Expreso Rojo, una de las más reconocidas y tradicionales de la ciudad. Jugaba como arquero. Si no eres muy alto, como es su caso, hay que ser bueno jugando con el balón en los pies, tener dominio del área, agilidad y una gran capacidad de salto. “Esas características eran específicas en mí”, dice. Lo convocaron al Juego de las Estrellas, que cada año enfrenta a profesionales con divisiones inferiores de Cartagena. Ese día sus capacidades llamaron la atención del legendario Agustín Julio. “Al final me dijo una cosa: –Si tienes disciplina vas a ser profesional–”. Luego le buscó una oportunidad para probarse en el Deportes Tolima.
Pero le llegó la mala hora. En un torneo en Luruaco salió a reaccionar a una jugada y metió el pie en un hueco del campo. Fractura y daño delicado. “Eso y la falta de juicio”, reconoce. Nunca le volvió a llegar una nueva oportunidad.
En Mandela me quedo
En sus andanzas por la ciudad llegó a vivir al barrio Nelson Mandela. Había conocido a su mujer, Jacqueline Jaraba Guzmán, y se había hecho responsable de la crianza de los tres hijos que ella traía consigo. Hoy son unos hombres treintañeros que más parecen hermanos que hijos. “Estoy bastante agradecido con Dios y con la familia que me puso por delante.
De no ser así de pronto estos proyectos no se hubiesen dado porque uno tiene que trabajar para subsistir pero tengo bastante ayuda comunitaria y los tres hijos que crié siempre me tienden la mano. La escuela es del trabajo de ellos, de mi mujer y el mío, porque no vivimos económicamente de la escuela”. Con Jaqueline tuvieron dos hijos más: Pedro Luis y Jhon Arístides, que estudian en el Clemente Manuel Zabala, también entrenan en la escuela y se están proyectando bien para jugar en ligas de niveles superiores.
En el Mandela, Germín se ganaba la vida vendiendo butifarra. Allá tenía amigos y se había acomodado. El gran problema era el arriendo. “Era un veneno. Cuando uno menos se daba cuenta ya se estaba acabando el mes y había que rebuscarse para pagarlo. Entonces nos salió la casa en Bicentenario hace unos doce años”.
Pero cuando les entregaron la casa le costó venirse a vivir. “Ella tomó la determinación y me dijo –Si te quieres quedar, quédate, pero yo me voy”. Y allá estuve como un mes más pero después me dije –Yo me voy: no sé cocinar, no sé lavar, ni hacer nada–. Fue un tremendo cambio pasar de conocer todo allá y luego venir acá y empezar de cero. Pero gracias a Dios al mes ya estaba formando la escuela de fútbol y esa fue la forma rápida de darme a conocer en la comunidad y me hizo la adaptación más fácil”.
Y, además, se le acabó el ‘veneno’ del arriendo. “Con pasar a casa propia se ahorra mucho; uno se alivia; ya para invertirle a lo de uno es diferente porque usted eso queda para uno”.
El tropezón
En Nelson Mandela había comenzado con una pequeña escuela de fútbol. Con el apoyo de los padres de familia alcanzaron a participar en algunos torneos de la ciudad. Aquí llegó con esa ilusión. Lo primero era darse a conocer con los niños, después con los papás, mostrar el trabajo y ganarse la confianza. “Acá había un planito, donde hoy están las oficinas de la Fundación y ahí los niños llegaban a jugar. Los fui invitando a participar y organizamos una escuelita callejera. Nos íbamos a jugar con los de arriba de aquí mismo en Bicentenario, con los de Villas de Aranjuez. Todo el que viniera era bienvenido y pronto se volvió una escuela masiva. Pero era algo recreativo. No teníamos uniformes ni equipamiento. Lo que sí nos sobraba era la vocación de enseñar y el sueño de tener una escuela de fútbol como Expreso Rojo o Alameda. Mi sueño era estar a su altura”.
Poco a poco fue creando la estructura, pero aún no daba el salto a una mayor formalización. Hasta que un ‘tropezón de la vida’, como dice él, lo obligó. “Fue con un niño que formamos acá desde cero. En un amistoso en el INEM, un profesor lo vio jugar y le impresionó. Me propuso que se lo prestara para jugar liga y yo pensaba –Un niño jugando liga es como si jugara profesional–. Se lo presté y a las pocas semanas él lo llevó a legalizarlo delante de la liga. A los siete meses presentó una veeduría con Cortuluá y hoy en día es profesional”.
“Alguien me dijo entonces: –Mira, perdiste reconocimiento deportivo y tu plata– porque yo no tenía tan presente que hay un derecho de formación valuado en treinta o cuarenta millones de pesos, dependiendo de la edad del niño. Pero siempre le doy gracias a Dios porque le cumplí el sueño de llegar a profesional y con que él lo reconozca es más que suficiente. Se llama Santiago Vergara Pájaro. Con nosotros era delantero y en Cortuluá es volante armador; fue capitán de la selección del Valle Sub 17; microciclo de selección Colombia Sub 15 y campeón del torneo nacional con Cortuluá. Su familia sigue viviendo en Bicentenario y el muchacho me reconoce el trabajo, siempre me da las gracias y cuando viene hablamos”.
A partir de ahí comenzó el proceso de formalización. “Hoy en día somos Bicentenario Fútbol Club con legalización en la Liga de Fútbol de Bolívar, Ider e Iderbol, con personería jurídica y documentación completa gracias a Dios; y somos reconocidos en la zona por la organización, el trabajo y los resultados deportivos que se han dado”. Han acumulado 37 trofeos en diversas categorías y campeonatos. De los primeros futbolistas quedan muchachos como Adrián Zambrano, Daniel Sepúlveda y sus dos hijos, que están en el camino de tener oportunidades en equipos como el Unión Magdalena.
Mil pa’fulano
Las jornadas de trabajo varían según la categoría. Los más pequeños, un par de veces a la semana; los grandes -sub 16 y sub 17- entrenan en vacaciones dos veces diarias, cuatro días de la semana. Como son torneos en los que hay que viajar a otras poblaciones, tienen que juntar dinero para los transportes. “El que no tiene con qué me dice –Profe, mañana no voy porque no tengo–, pero con lo de uno remendamos para el otro y así nos vamos ayudando. Alguno dice que ayuda con un pasaje, –Yo tengo mil pa’ fulano–. Casi siempre salimos victoriosos en ese aspecto porque somos muy comunitarios”.
“En las categorías menores cobramos una mensualidad. De las sub 15 para arriba pagan muy poco, por el desinterés de los papás y porque el pelado ya casi está libre. Pero esos son jóvenes a los que no les podemos decir –Bueno, como tú no pagas no entrenas–, porque luego los vamos a encontrar en la esquina tirando piedras, simplemente porque no tienen otra cosa que hacer. Pero en general, los padres de familia me han apoyado mucho. Somos una comunidad, no un club. Lo poquito que cobramos es para sostener la escuela. Con eso compramos implementos, balones, herramientas artesanales que nos facilitan el trabajo”.
“A diferencia de otras escuelas que tienen un nutricionista, preparador físico y demás, acá somos psicólogos, profesores, kinesiólogos, preparadores físicos, ¡de todo! A nosotros como formadores eso nos hace más fuertes, pero para el muchacho es mejor tener todos esos apoyos a la mano”, dice. En particular, la nutrición es un tema sensible porque nota que la contextura de los jugadores de Ciudad del Bicentenario suele ser menor que las de los muchachos de otros equipos. “Acá se come lo que se tiene y se vive como se puede, entonces de pronto el niño no llega a crecer o evolucionar su parte muscular normalmente. Igual batallamos con lo que tenemos y se sale adelante con lo que hay”.
“El trabajo lo hacemos con amor y estamos preparados para trabajar con estas comunidades. No es fácil. Conocemos cómo podemos encaminar a los jóvenes que tienen talento. Se necesita constancia y tiempo para preparar estos grupos. Son niños formados íntegramente. Les enseño a que no peleen con el árbitro, a que sepan asumir las derrotas y las victorias, a no ofender en su celebración a los demás, a que si pierden no se sientan ofendidos sino que miren las virtudes del rival. Son jóvenes que han salido excelentes en esos procesos. Al final quedan pocos, pero con todo un proceso formativo detrás”.
“La liga nos facilita mucho la formación con cursos, charlas y material en línea: he hecho seminarios virtuales con técnicos profesionales, me preocupo mucho por la preparación porque eso es lo que me va a llevar al éxito con la escuela. De cada cosa siempre aprendo, soy un explorador y me gusta avanzar siempre un poquito más; hay páginas de técnicos profesionales que sigo y de lo que más aprendo es de mis propios errores: si pierdo un partido analizo mucho por qué perdí, qué me faltó, que debo trabajar y me encamino mucho con eso”.
Un artesano transformado
Antes mi vida había sido un desastre: estaba en las pandillas, drogas, atracador y todas estas cosas. Pero luego me predicaron la palabra del Señor: ahora tengo quince años de ser cristiano y de haber salido de ese mundo”, dice en la casa donde vive y tiene el taller, en una esquina de la supermanzana 71.
Entre los deditos de que soy el liderazgo comunitario
Él se llama José Alfredo Mercado Sincelejo, pero le dicen José ‘Deditos’: no le molesta sino que lo toma como una seña de identidad. Nació en Palitos, Sucre, pero desde los siete meses se crió en el sector Playa Blanca, de Olaya Herrera. Ella se llama Yesmin Piñeres Simanca y creció en el mismo sector.
Reciclador por vocación
Hace muchos años Manuel Isidro Gándara salió de Corozal como desplazado por la violencia, sin futuro a la vista y sin un peso en el bolsillo. Hoy es un líder experimentado en el campo del reciclaje, que tiene en la cabeza datos, ideas y propuestas que pueden ayudar.
La oportunidades de la basura
Nelcy Gómez Díaz fue reubicada en Ciudad del Bicentenario desde el barrio San Francisco. Vive aquí hace cinco años con su hija y sus dos nietos. El mayor estudia en el colegio Jorge García Usta y el menor, de tres años, nació en el barrio. “Acá nos dieron la bendición de tener una casa confortable y grande, con la posibilidad de ampliarla. También tenemos un parqueadero y un salón comunal”.
Color esperanza
Larry, de veinticinco años, llegó a Ciudad del Bicentenario en 2012, cuando tenía quince. “Mis primeros cuatro años los viví en Medellín. Mi padre, Arturo, trabajaba en Yamaha y disfrutaba de su pasión por el hip-hop, que luego lo llevó a convertirse en DJ Corpas, bastante reconocido en Colombia y afuera.
En la sala de GEO
Geovani María Herrera Castellar es una de las vecinas más antiguas y con más liderazgo en Ciudad del Bicentenario. La adversidad la hizo más fuerte. Y aunque ha cumplido sus metas, ahora va por más. Su vida es como una novela con final feliz. Nació de una manera muy inusual: en un bús que iba…
Una cancha con mucho fondo
La cancha era una necesidad urgente. Desde el comienzo del macroproyecto los muchachos empezaron a jugar de manera espontánea en el descampado destinado a actividad comercial, pero este se necesitará cada vez más en la medida en que el macroproyecto siga creciendo. Además, la población ha ido en aumento y con ella también lo han hecho las escuelas deportivas y las necesidades de recreación.
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